A fuego lento
Para (y a pesar de) JKR. Por romperme el corazón. Y a todos las chicas, chicos y chiques a quienes también se lo rompió. Siempre seremos más fuertes que el odio.
PRÓLOGO
El gélido pintaúñas negro me tiñe el pulgar de la mano derecha de un negro mate en el que apenas me veo reflejado. Aprieto los nudillos y, cuando los vuelvo a abrir, observo cómo la pintura devora toda la luz de la habitación. Al girar la mano, la negrura adquiere un matiz carmesí que no sabía que tenía el pintaúñas cuando compré el esmalte. Pero me gusta mucho. Me gusta tanto que me quito las botas y los calcetines y comienzo a pintarme las uñas de los pies con mucho cuidado para no estropear las cartas de Luke.
—Qué asco, D. —Brian hace una pantomima de vomitar en el suelo y yo parpadeo despacio en su dirección—. Los pies en el suelo, no en mi almohada, venga tío.
Había olvidado que estaba en su habitación, escuchando con un oído cómo había arrasado en el examen de matemáticas. Y sí, soy consciente de que es lo mínimo que puede hacer después de desaparecer durante más de una semana.
La última vez que nos vimos no fue un buen momento para ninguno de los dos. Después de que él me llamara desesperado, fui a su casa y sin decir ni una palabra, me metí en su cama. No era la primera vez que hacíamos ese tipo de cosas, éramos «colegas de folleteo» como lo llamaba él. Nos venía bien a los dos. Brian se relajaba y yo conseguía la desconexión de mi propio cuerpo que necesitaba para acallar las voces de mi cabeza.
Y, la verdad, no me importa que Brian sea así. Lo conozco y sé que folla para desahogarse, para olvidar, para desvanecerse dentro de sí mismo y distraerse de los problemas; se desahoga y luego seguir con su vida como si nada hubiera ocurrido. Yo soy más directo. Cuando quiero hacer borrón y cuenta nueva, lo que hago es montar en mi moto y desaparecer en el horizonte. A veces he sentido la necesidad de no volver nunca, pero al final un tirón de ojos azules me empuja a regresar a Portview.
Sin embargo, aquella última vez que nos enredamos con sus sábanas no resultó bien para ninguno de los dos. Brian estaba impaciente, tenso e inquieto, y yo estaba disociado de la realidad. Brian quería más y yo presentía que su angustia iba más allá de la velocidad a la que mi lengua podía entrar y salir de su agujero.
Horas después de corrernos, nos encontramos cara a cara con el tercer amigo, Robert. La expresión de alarma de Brian me dijo todo lo que necesitaba saber sobre lo que iba mal. Recogí mis cosas y me fui.
«Y, además, te voy a dar un consejo gratis —le había dicho antes de esfumarme—. Déjate querer un poco, que tú también te lo mereces».
—Espero que te hayas lavado los pies antes de ponérmelos en la colcha, guarro. —Brian me lanza una de sus zapatillas en forma de cacahuete en la cabeza, pero no da en el blanco, a pesar de la corta distancia a la que se encuentra de mí.
—No es la primera vez que me pinto las uñas en tu cama —murmuro, pero retiro los pies desnudos de su colcha hasta que tocan la moqueta.
—Pero antes tenía un montón de esquemas y apuntes desperdigados por la habitación y me la soplaba si luego olían a queso podrido.
—Me he duchado antes de venir aquí —me quejo con los brazos cruzados.
—Eso dicen todos, que están muy limpios por dentro y por fuera, pero luego nos llevamos la sorpresa. Calla. —Me tapa la boca con las manos antes de que pueda quejarme de su falta de higiene—. ¿Has oído lo que he dicho?
Mi lento cerebro recopila la conversación a velocidad de la luz y en menos de un segundo resumo toda la información importante que ha estado arrojándome durante los últimos veinte minutos. Al entrar en su cuarto, ha empezado a comentarme algo de su fabulosísimo notable bajo, algo sobre que le han robado al menos un punto entero, ya que está seguro que el ejercicio sobre polinomios «lo bordó con doble puntada y vuelta final». Después ha soltado una risa pseudodespectiva y me ha soltado que se está convirtiendo en Robert, que pasar tanto tiempo con él le está pasando factura —y ahora que pienso, ¿se ha sonrojado y se ha recogido el pelo rubio detrás de la oreja al decir aquello? Interesante—, y que debería alejarse de Rob una temporada para que se le pase la tontería.
«Y por eso estoy quedando contigo, a ver si se me pega otra vez tu subnormalidad y vuelvo a ser el de siempre», había añadido el muy idiota.
Bueno, la verdad es que yo no le recuerdo que he estado con Alan y con él mientras estudiaban matemáticas para poder ayudarlo en lo que pudiera. Incluso saqué un par de libros de texto de la biblioteca para entender mejor la distribución unidimensional del apartado de estadística, ya que las explicaciones de Alan eran un asco en los días en los que estaba de buen humor y una pesadilla en los que estaba de morros. ¿Y para qué iba a decirle nada a Brian? El problema se ha resuelto por sí solo. Él ha aprobado, y yo tengo una cantidad ingente de datos sobre matemáticas de secundaria que me va a costar olvidar.
Luego Brian ha estado murmurando comentarios sobre ciertas partes de la anatomía de Robert, que mi mente ha sido tan amable de suprimir de mi memoria a corto plazo, más tarde me ha resumido una conversación que ha tenido con Joseph —aquí mi cerebro ha sufrido una avería en el que no me ha dejado escuchar mucho más— y poco después me he quitado los calcetines y ha soltado el «qué asco» que ha detenido mi sesión de manipedi.
—¿Has comentado algo sobre un gato y James Bond? —Es lo primero que se me ocurre.
La expresión de Brian es indescifrable y tarda un segundo más de la cuenta antes de responder.
—Señor, dame fuerzas. —Alza los ojos al techo como si en verdad fuera un cristiano devoto—. ¿Te acuerdas de que Joseph y Alan están de campamento con los niñatos de la asociación? Ya sabes, ¿un tipo alto y bastante capullo, y otro con cara de zorra malfollada? Son unos tíos que tienen más poca sangre que mi padre con trankimazin y, de alguna manera, se ocupan de los chavales de diez años como si tuvieran autoridad.
—Sí, algo me suena —farfullé con una sonrisa. Me gusta mucho cuando Brian empieza con sus divagaciones.
—Y sabes que se llevaron a un nuevo monitor. Un bombón que estaba para chuparse los dedos y chuparle todo lo demás. El tío ese que se ríe con todo y que parece que no ha follado en el último siglo porque parece babear cada vez que Alan, el tipo de la susodicha cara de zorra malfollada, se acerca a él.
—James, sí.
—Pues se ve que durante el campamento de los críos ha pasado algo que ha sacado a Alan del armario a base de pollazos. —Brian gira de pura felicidad en su silla de escritorio. Es la personificación misma de la satisfacción—. Y adivina quién ha llamado para contarme todo el drama y que me ponga de su parte.
—No lo sé, ¿Papá Noel? Porque tienes cara de haber recibido un regalo.
Entonces ocurre en el fondo de mi mente, como siempre ocurre cuando algo dentro de mí razona más rápido que el resto de mi cerebro. Una creación de humo y traumas, nieblas y remordimientos, que se presenta delante de mí en forma de pelo rubio bien arreglado, una expresión complacida y una sonrisa sarcástica.
«Quién va a ser, David», me comenta el espectro de Joseph. «El único de tus amigos que ha ido al estúpido campamento».
—Joshie-Josh —me afirma Brian con ojos brillantes, sin darse cuenta de lo frío que me ha dejado—. Yo estaba en plan «Pero si mi Alan ya no es virgen, enhorabuena, por muchos vergazos más» y Joshie se ha puesto en plan «No pienso tocar a este maricón, soy un macho, unga, unga». —Brian incluso hace una voz ridícula que solo le hace gracia a él—. Así que se ha quedado con un palmo de narices. Qué te parece, ¿eh? Ya era hora de que alguien le bajara los humos a ese gilipollas. Y estarás contento. El club de la pizza de piña se convierte en un florido arcoíris por fin, tal y como predijiste.
—Qué bien. —Aprieto los puños contra la colcha. Y me callo, me callo, me callo.
—Imagínatelo, Alan y su churro mojachurros, Rob y yo —se le escapa una sonrisa que ahora me cuido mucho de no olvidar, aunque por ahora no puedo hacer nada por indagar más. Me siento frío, indeciso, me pica la piel por dentro y me siento atrapado en mi propio cuerpo—, supongo que te tendremos que encontrar un maromo que esté a la altura de tus expectativas si entiendes qué quiero decir. —Lanza una miradita a mi zona de la entrepierna y si no estuviera tan atormentado, le llamaría la atención—. ¿Qué tal el churro con el que te carteas? Supongo que da igual que en realidad no tenga polla, a Joshie se lo llevarán los demonios igual.
Y, por alguna razón, es la mención de Luke, de mi querido y amable Luke, la que me rompe del todo.
—Tengo que irme —farfullo mientras me pongo los calcetines de nuevo.
—Espera, ¿qué? ¿Por qué?
—Olvidaba que tengo que arreglar un fregadero en Mayson Street. —Milagrosamente, me coloco las botas en el pie correcto en el primer intento. No habría sabido qué hacer si me hubiera colocado la derecha en el pie izquierdo, sé que habría salido por la puerta trastabillando—. Nos vemos más tarde.
No, no habrá un más tarde. O quizás sí, no lo sé. Tengo que pensar, tengo que planearlo bien, tengo que hacer algo porque por fin tengo una abertura, una muy pequeña, y quizás…
No, no debería.
«Sabes que quieres intentarlo, David», ronronea la voz del espectro de Joseph en la parte de atrás de mi cráneo. «Por qué no ibas a intentarlo, ¿eh? Ya ves lo que ocurre con todos nuestros amigos. Alan y James. Brian y Robert. ¿Por qué no íbamos a ser diferentes tú y yo?».
Porque así no es como funciona. Lo sé y él también lo sabe, pero aun así las palabras de Brian saltan y rebotan en mi cerebro, como una de esas pelotas de goma que, una vez que las lanzas, no pueden parar.
Tengo que pensar. Tengo que actuar. Tengo que pensar. Tengo que soñar… tengo que pensar, pensar, pensar.
Y cuando llego a mi casa, cierro la puerta tras de mí con un portazo. El apartamento ha dejado ese olor ácido de los conservantes y los humectantes del papel fotográfico para abrir paso al dulzor de las témperas y el papel secante. La fotografía la he dejado apartada en uno de mis infinitos armarios de hobbies aparcados para dar paso a los pinceles, los caballetes y las paletas donde los colores se observan, se mezclan, se recrean en un vals de tinte y cerdas.
Por una vez no fui yo quien decidió cambiar de pasatiempo. Fue por una de las últimas cartas de Luke, poco después de que yo le enviara una docena de imágenes de su antiguo pueblo. Se las había ordenado desde la entrada por el mar, pasando por el mercado pesquero, la calle de las Tres Esquinas, la muralla y el castillo de las aves.
«Me encanta ver la ciudad con tus ojos», había dicho él. Y yo no pude evitar sonreír mientras me tocaba la tela del parche que cubría parte de mi cara. Con tus ojos, no con tu ojo.
Yo sabía que el error no lo había dicho con maldad. Luke no era así. Era una expresión hecha que él había escrito sin pensar, pero las próximas tres cartas estarían llenas de disculpas por ese desliz. Bueno, yo había atajado y le había enviado media docena de dibujos para que no se centrara en aquel tropiezo.
«Aquí tienes una muestra de ver la ciudad con mi mirada», le había respondido yo.
Desde entonces había encontrado el gusto a los colores y al grafito. El proceso era mucho más largo que plasmar una imagen en el papel fotográfico, pero bastante más satisfactorio.
Y, lo que es más importante, cuando me encuentro manchado hasta los codos de pintura dorada y rubí intenso, las voces se callan a mi alrededor.
Y yo puedo pensar.
Y yo puedo planear.
Y decido recorrer la senda de los cobardes y usar a Jasmine de nuevo.
Capítulo 1
Ven cuando quieras.
No necesitas que te lo diga.
Tienes una invitación permanente.
Te prometo que no te arrepentirás.
Carta de Luke a David.
Septiembre, 2002.
Rojo.
Lo veo, lo siento, lo huelo. Sabe a hierro caliente y a café sin moler, el grano completo cae muy despacio por la garganta, amargo y duro en la lengua, tierno y dulce en el fondo del estómago. Es una chispa en la cocina, una bocanada templada junto con el sonido de una risa, una mirada cálida en la madrugada, después de pasar la noche contando estrellas.
El rojo ocupa todo el papel. Todo, menos el centro, donde una figura oscura, de pelo corto y líneas duras, observa el mundo arder. Aunque la sombra negra no tiene una forma consistente, son las llamas las que la dibujan; no de forma agresiva, sino que parecen envolverla en un abrazo.
«Alma de poeta en cuerpo de artista», me había comentado Luke la noche anterior. «Cuando quieras un poco de inspiración, ven a Escocia. Estos paisajes parecen de otro mundo. Seguro que te reencuentras con tu musa».
Pero mi musa tiene nombre y apellido, una cara perfecta y una personalidad insufrible. Y llevo una semana sin verlo y su ausencia me devora por dentro y me escupe para dejarme sin nada más que una carcasa vacía. Y encima las palabras de Brian siguen rebotando en mi mente sin que les importe mucho las leyes físicas como la gravedad. Y esa es la excusa que he escogido para llamar a Luke todas las noches.
No fue una acción consciente, ni siquiera una decisión lógica o premeditada. Me empecé a sentir solo, cogí el móvil y dejé que Luke parloteara sobre su rutina de entrenamiento. Yo le comentaba las canciones de Radiohead que más me gustan —aunque él es más de Bruce Springsteen— y él me dijo que un tal Dan Brown que acaba de publicar un libro sobre DaVinci que parece haberle «volado la cabeza, en serio, una pasada».
Aunque a Luke le gustan mucho más las películas que los libros, así que, si me quedaba sin temas de los que hablar, pero no me apetecía colgar, siempre podía comentarle el título de alguna película y escucharle balbucear sobre los diálogos, postura de los actores y posición de las cámaras hasta que llegara el fin del mundo. Y, por alguna razón, me encantaba. Su constante parloteo me permitía no pensar demasiado en lo solo que me sentía y lo estúpido que era por que me importase tanto.
—¿Te acuerdas de cuando vimos juntos El viaje de Chihiro? —le había preguntado yo una noche.
Yo tenía las manos llenas de tinta gris y el cuadro en el que estaba trabajando se secaba en el balcón. No era muy bonito ni tenía significado alguno, pero era mi primer intento de hacer algo grande, aunque solo fueran manchas de color gris y negro con algún punto dorado. El sol ya estaba bien alto, aunque habíamos comenzado a hablar de madrugada.
—Claro, antes de que me fuera —comentó con algo parecido a nostalgia en su voz.
—Creo que fue la primera vez que te vi con las gafas de montura negra —observé antes de que pueda comentarme nada sobre la producción del Studio Ghibli—. Déjame decirte que te quedaban de pena.
—¡Ahora llevo lentillas! Además, solo las utilizo para ver pelis, no es para tanto.
—Eh, que no pasa nada. De verdad, lo entiendo. Si prefieres Springsteen antes que Radiohead, es comprensible que tengas tan mal gusto para elegir tus gafas.
—¡Dime tres canciones de Radiohead que no sean Creep! ¡Venga!
—¿Para qué van a componer más canciones si se coronaron con I’m a creep, I’m weirdo? Cuando tocas el cielo no hace falta que vuelvas a levantarte a las nubes.
—Alma de poeta en cuerpo de artista. —Luke se rio. Cómo echaba de menos que esa risa me acariciara la piel cuando se apoyaba en mí cada vez que soltaba una carcajada—. Eres de lo que no hay.
Esa noche soñé con la figura oscura en el centro del papel rojo ardiendo. Y decidí pintarla. Después de todo, Luke cree que soy una especie de Banksy torturado y sin futuro —o quizás el mismísimo Banksy, a lo mejor piensa que es de ahí de donde viene todo mi dinero— y que apenas tengo inspiración para pintar. Quizás por eso me insiste tanto en invitarme a ir a Escocia. A lo mejor debería decirle que hasta hace una semana solo pintaba monigotes en los apuntes de mates de Brian. Y quizás lo haga después de encontrarme de nuevo con mi musa después de varios larguísimos y penosos días sin su presencia.
—Qué cosa más rara has hecho, David.
Oigo las palabras de Joseph mucho más alto que la voz de Freddie Mercury en mis auriculares. Le doy a pausa en el lector de CD y levanto la mirada.
Joseph es la antítesis de mi dibujo. De hecho, la figura del papel palidece en comparación con la persona real que tengo delante. A lo lejos, parece una visión angelical, de cerca es un poema hecho hombre.
Y yo solo soy un mortal en su presencia.
El contraste es evidente. Yo me encorvo sobre mi dibujo, en el banco donde me encuentro sentado, y él se dispone imponente con su metro ochenta de altura. Tengo el pelo negro tan salvaje como siempre, que desentona con la perfección de sus mechones rubios. Sus rasgos angulosos y definidos le hacen apuesto, nada comparados con las múltiples aristas que se reparten en las facciones de mi cara. Sus ojos son un azul violáceo, hechos para cautivar, para atraerte, y para no soltarte nunca. Yo solo tengo uno, de un color avellana tan común que debe resultarle una ofensa para su vista. El otro lo tengo oculto tras un parche oscuro, pero no tiene la suficiente tela como para ocultar las quemaduras del lado izquierdo de mi cara.
Observo a Joseph como quien mira el David de Miguel Ángel por primera vez, con la sensación de haber visto el mundo a través de una televisión antigua y rota hasta ese mismo día.
Pero por una vez no me entretengo admirando sus proporciones perfectas o me pregunto cómo es posible que casi llevemos diez años siendo amigos. Tiene dos surcos negros que acunan sus ojos azules, y su piel pálida parece haber escupido todo el moreno que debería haber cogido esa última semana de campamento.
—Llevo varios días hablando con un amigo por teléfono y, no sé, me sentía inspirado —le respondo, aunque no sé muy bien qué tiene que ver una cosa con la otra.
Cada vez que me encuentro delante de Joseph, me entran los nervios estúpidos y trato de hacerme el gracioso. Pero esta vez creo que es más intenso. Ha debido de ser la soledad, que parece sentarme muy mal. Al menos dejaré de molestar a Luke de madrugada y podrá irse a trabajar descansado.
—Y esto no es tan raro. —Agito el dibujo en sus narices. Él me quita la cara con un paso hacia atrás—. No tanto como ver la cara de muerto que llevas. ¿Qué te ha pasado? ¿Los críos te han quitado el maquillaje en el campamento? ¿Te has ido de fiesta y no me has invitado?
Joseph bufa y pone los ojos en blanco. Yo no me molesto en levantar el culo del banco del parque. Hace calor, pero bajo las sombras de los robles se puede respirar.
—No quiero hablar de ello.
Trato de mantener la calma. A mí no me habla de lo importante, no de la misma forma que lo hace con Jasmine. Con ella, Joseph es más vulnerable, mucho más dulce y encantador. La ternura en forma de un semidiós rubio. A ella le puede contar que su mejor amigo ha salido del armario y que ya no quiere saber más de Joseph. A ella le explica que ha llorado en la cama y que lo echa de menos «pero no como de novios ni nada de eso. Joder, es que es Alan, que jugamos a crear historias de miedo con marionetas y me ayudó a elegir mi primer fijador de pelo. ¿Y ahora es marica? ¿Por qué no me lo había dicho antes?».
Jasmine sabe muy bien por qué. Pero él no está preparado para asumir que tiene problemas de ira o que su mundo se encuentra blindado en una caja de metal. Las ideas nuevas no pueden traspasar los muros más altos, rebotan y se pierden en la lejanía mucho antes de llegar a las primeras defensas. Alan solo se ha alejado de Joseph porque no quiere sentir ese rechazo, le ha atacado a la yugular para que Joseph no le diera el primer golpe, el que más duele. Y él se ha alejado para que no sufrir más.
Jasmine lo sabe. Ella lo sabe todo.
Y yo… yo se supone que debo navegar alrededor del bastión blindado que es la mente de Joseph. Sigo con un barco de madera que ya se deshace por el tiempo que navega en estas aguas violetas. Cojo el camino más largo, aunque sé que hay túneles bajo las olas. Sé que puedo llegar al corazón de la fortaleza si tan solo cogiera uno de aquellos atajos. Pero no lo hago.
—¿Quieres ir de compras? —comento.
Es uno de sus hobbies favoritos, Joseph es fan de todo lo que implique tener un espejo delante y contemplar su belleza, como un Narciso del siglo xxi, así que con eso seguro que se anima y quizás pueda abrirse un poco más a mí.
—No es tu estilo —continúa.
—¿El qué?
—El dibujo. —Él señala el papel con la mirada y yo había olvidado que el rojo sigue manchando mis dedos—. A ti no te gustan tanto los… colores. Eres más de blancos y negros, ¿no?
Su semblante frío me desconcierta. Joseph suele ser un explosivo con la mecha muy corta o un huracán que arrasa con todo a su paso. Él no pregunta, él exige. Habla de su vida, de sus conquistas, de su ropa, de su estilo, de su enorme y disfuncional ego y todo lo que sucede a su alrededor. Es casi entrañable ver cómo se esfuerza por que el mundo gire en torno a él y sus circunstancias. Me dan ganas de pegarle un puñetazo, reírme de él y besarlo hasta que se dé cuenta de lo que siento desde hace años.
Pero ¿esto? ¿Esta vacilación? ¿Esta inestabilidad? ¿Esta brecha que parece haberse abierto dentro de él mismo, que le permite ver el mundo exterior?
«¿Qué pasa?». Pero no puedo preguntarle eso. Claro que no. Si fuera Jasmine, podría arrancarle la verdad con una mezcla perfecta de exigencias y palabras dulces.
«Esa carita tan guapa no merece estar triste —le diría—. Cuéntame qué te pasa por la cabeza antes de que me enfade de verdad, ¿vale? Sé que no quieres verme enfadada».
—No importa. Está guay. —Él agita la cabeza como si quisiera deshacerse de una mosca. Joseph tiene la habilidad de cambiar el rumbo de cualquier conversación, así que no me sorprendo y le sigo el juego—. ¿Has visto eso?
De repente, sigo la dirección de su dedo mientras apunta a un grupo de niños jugando a pocos pasos de nosotros. Sonrío al verlos correr y reír, sus risas llenan el aire como burbujas de felicidad.
—A veces pienso… —Él se detiene, inseguro, y siento que la brecha en su interior se hace más grande—. A veces desearía volver a ser un niño, con todo el grupo. Y hacer manualidades, o jugar al escondite o soplar en un palito de plástico para hacer la pompa de jabón más grande. Todo era más sencillo cuando te piensas que tus amigos son los mejores y que jamás podrán hacer nada malo.
Creo que el corazón se me va a salir desbocado de entre las costillas. Ahí está Joshie. El que Jasmine descubrió detrás de la pantalla. El que es un soñador, perseverante y dulce; el alma frágil que se esconde detrás de una fachada engreída y arrogante.
—¿Quieres hablar de ello? —pregunto el tono con el que se habla en los museos: no tanto un susurro suave como una reflexión murmurada.
«Dime que Alan ha salido del armario. Dime que es muy probable que dos de nuestros amigos ahora son pareja. Dime que te sientes perdido y asustado, indeciso por cómo va a funcionar nuestro grupo a partir de ahora o cuál es tu lugar entre nosotros».
—Nah, no hace falta. Ya tengo a una persona que ha estado soportando mis quejas toooda la noche y hablar con ella ha sido de mucha ayuda. —Tan pronto como Joshie aparece, la brecha se cierra y vuelve a mostrar la misma soberbia de siempre. Su cambio de personalidad lo siento como un guantazo con su posterior quemazón en la cara. Como si me hubiera apagado un cigarrillo en la mejilla dolorida—. Quizás… es hora.
—¿Hora de qué?
—Nada, nada. —Pero su sonrisa de ensueño me susurra «todo, todo»—. Has dicho que si vamos de compras, ¿no? Me viene de lujo porque necesito camisetas sin mangas, que son lo más esta temporada. Y ahora que ha cerrado la asociación hasta septiembre, es hora de que me ponga a correr de nuevo. Quiero estar en forma.
Trato de mantener la compostura toda la tarde. Escucho su voz sin entender una palabra, pero he perfeccionado la habilidad de asentir en las preguntas retóricas, gruñir en los momentos adecuados y parecer mínimamente interesado en lo que me dice. Sin embargo, solo puedo prestar atención a mi nudo en el estómago al ver lo que se compra: zapatos brillantes, pantalones de vestir, camisa holgada de colores fríos. La garganta se me cierra por completo al ver que pasamos por la perfumería y comienza a probar colonias en trocitos de papel.
—¿Para qué es todo esto? —Fuerzo las palabras salir de mi garganta a pesar de que lo único que quiero es gritar de horror.
—Es hora de que siente la cabeza. —Se queda con una colonia de esencias de cítricos y toques a cedro. Se la echa en un lado del cuello y cierra los ojos para notar su frescor—. Esta noche voy a pedirle salir a la mujer de mi vida. Estoy seguro de que me casaré con ella algún día y tengo que estar presentable para nuestra futura cita. Aún no me ha dicho que sí, pero, vamos, ¿quién podría resistirse?
Me guiña un ojo. Y yo no puedo decir una palabra más en toda la tarde.
Ya en casa, cierro la puerta sin llave. Y siento cómo el corazón se congela en mi pecho al entender la magnitud de lo que va a ocurrir en unos segundos. Las paredes grises se ciernen sobre mí y me aplastan contra la gravedad de mis decisiones.
«Vamos a ver, recapitulemos. —El espectro de Joseph aparece en el aire y se sienta encima de la mesa de mi ordenador—. Me he quedado sin amigos y sin apoyo de todo mi grupo cercano. Así que me paso la noche hablando con la mujer de mi vida. Y me doy cuenta de que ella es lo único que necesito. Así que voy a pedirle una cita seria. Y por supuesto que me va a decir que sí, ¿no? ¿Qué podría salir mal?».
—Cállate un momento, por favor —le pido con el corazón bien clavado en el estómago. Me siento enfermo, la bilis me sube por la garganta y creo que no puedo respirar—. Déjame pensar.
«Ah, ya sé. —El espectro flota por la habitación y se queda a centímetros de mí—. Ya sé qué puede salir mal, ¿lo dices tú o lo digo yo?».
—¡Déjame pensar un segundo!
Ya es demasiado tarde. Mi ordenador siempre está encendido. El escritorio de Windows XP se ilumina en cuanto llega una notificación de Messenger.
Es él.
Joseph:
¡Hey, Jasmine!
Oye, tengo una pregunta importante que hacerte.
¿Puedes hablar conmigo por llamada?
¿Solo por esta vez?
De verdad que es importante.
«Oh, mira qué nervioso estoy, si hasta he escrito todas las frases con signos de puntuación y sin faltas de ortografía. —El espectro se coloca encima del ordenador y con un gesto me invita a sentarme en mi silla—. A saber el tiempo que llevo escribiendo en un papel y con el diccionario delante. Supongo que quiero que todo salga perfecto, ¿sabes?».
Me corre las gotas de sudor por la sien y se quedan atrapadas en la cinta de mi parche. Tengo los dedos entumecidos, pero me obligo a colocarlos encima del teclado.
«Tendrías que haber terminado con esto hace años, David. —Joseph se cruza de piernas y las balancea entre el humo que se le arremolina a su alrededor—. Pero bueno, más vale tarde que nunca, ¿no? Ya es hora».
Sí, tiene razón. Ya es hora.
Así que me meto en el papel una última vez. Y ya no soy David; soy Jasmine, amiga fiel, sarcástica sin remedio y apoyo moral permanente.
Y aunque todo esto empezó como una broma que se me fue de las manos hace años, hace una vida entera, tendría que haber arrancado el problema de raíz la primera vez que me preguntó si nos podíamos ver en persona.
Jasmine:
Joshie, sé lo que quieres decirme.
Y esto no es sano para ninguno de los dos.
No hablemos más.
Joseph:
… Eee, Jas?
He hecho algo que te ha molestado?
Ablam
Xfa
Qeecho??????
Jasmine odia cuando escribe con faltas de ortografía, y se lo ha dicho innumerables veces, pero se ve que está tan alterado que no es capaz de controlarse.
Pero ahora da igual. Ya no tiene importancia nada de lo que escriba. Solo debo asegurarme de romperle el corazón en mil pedazos para que no intente buscar a la verdadera Jas y no descubra la verdad.
Jasmine:
Adiós, Joseph.
Apago la pantalla del ordenador y me siento como si hubiera arrancado a Jasmine del pecho. Por fin. Y creía que iba a ser liberador, pero solo siento pesadez y culpa.
Porque Joseph seguirá escribiendo a una pantalla vacía. Primero suplicará y pedirá explicaciones de forma cada vez más desesperada, después es posible que pida perdón por todas las veces que le ha dicho que querría verla en persona, que le ha insistido en que quiere conocerla, y le prometerá que ya no volverá a hacerlo. Jurará seguir siendo únicamente «su amigo virtual» y se morderá la lengua cada vez que quiera decirle que «ojalá pudiéramos ser algo más».
«Jas, es que contigo siento que no tengo que esforzarme tanto, ¿eso tiene sentido?».
No me siento triunfante ni el ganador de una pelea que ha durado una eternidad. Es solo vacío. He hecho explotar el único puente que nos unía. Justo en el momento en que Joseph se ha quedado solo.
«Ya no tiene a nadie más. No tiene amigos. No tiene a Jasmine. Y ahora no tiene a nadie».
Soy un cabrón.
—¡Ey, Dave! —Una voz en mi oído me hace saltar en el asiento. En algún momento he debido coger el móvil y llamar a Luke. Tengo la mejilla plagada de lágrimas, que se pegan al cristal de la pantalla como una sanguijuela buscando la sangre más fresca—. ¿Qué tal? Nunca me llamas tan temprano.
—Yo… —Un sollozo me cierra la garganta y Luke ha debido oírme porque se hace el silencio al otro lado de la línea—. He hecho… algo horrible.
—Ey, Dave. —Luke repite las palabras, pero en un tono más suave—. No pasa nada. Tranquilo. ¿Qué ha pasado?
Suelto una carcajada triste. No lo va a entender, claro que no. ¿Cómo va a hacerlo? Jamás le había dicho que me hacía pasar por una chica guapa para engañar a Joseph y que me diera información de cómo conquistarlo. Y ahora que Joseph quiere conocerla en persona, hablar con ella cara a cara, sé que la farsa ha terminado y le he roto el corazón para ocultar mi engaño.
Dios, lo pienso y me dan arcadas. He sido un cabrón, un egoísta, un desgraciado, un…
—David. —La voz de Luke es más firme ahora que dice mi nombre completo—. ¿Tienes algo que hacer este finde? Bueno, da igual que tengas planes. Prepara una mochila y vente a pasar unos días conmigo. Y lo hablamos.
Las lágrimas nublan mi vista, pero aún distingo los sobres esparcidos sobre la mesa. Las cartas de Luke —siempre escritas en ese papel grueso que huele a manzana verde— brillan bajo la luz tenue de mi lámpara. Sus esquinas están dobladas por el uso, las marcas de mis dedos manchan los bordes después de releerlas tantas veces.
En el primer sobre, su dirección en Escocia está escrita con esa letra grande y dulce que siempre me hizo sonreír:
«Para David. Si alguna vez te pierdes (que lo harás), aquí estoy».
Sus palabras me golpean como un puñetazo en el estómago.
—Pero…
—Pero nada. Tienes mis cartas, así que ya sabes la dirección. Coge un mapa, que sé que te pierdes hasta para ir a mear. —Suelto una pequeña risa que es más un gemido que una carcajada de verdad—. Te espero pasado mañana. No me falles.
Capítulo 2
… Y una faena, la verdad.
¿Cómo iba a saber yo que el cloro no se podía mezclar con el azufre?
Este es el tipo de cosas que tienen que enseñarte en el colegio
en vez de la puñetera regla de tres.
Carta de Luke a David.
Abril, 2002.
Y aquí estoy. En la carretera, mochila al hombro, con una vibración continua entre las piernas y la visera del casco frente a mi mirada. No hay nada más que tiempo y un camino infinito en el que no tengo que concentrarme más que mantener la posición sobre la moto.
Seré estúpido.
Porque ahora mi mente vaga sin querer y, aunque sujete mis pensamientos con cadenas de metal y los devuelva a la caja en la que colecciono los arrepentimientos de mi vida, la escena ocurre en mi mente. Hasta aquel odiado noviembre de hace diez años.
Una broma. Un juego inocente entre niños. Una idea estúpida que nació de un preadolescente harto de escuchar las continuas burlas de Joseph.
—Pues ya me he besado con una chica mayor. Seguro que aún no sabes lo que es un sujetador. No, no puedo quedar para jugar a las Magic, tengo una cita. ¿Nos vemos mañana por la noche? Y así os lo cuento todo.
Creído. Estúpido. Niñato arrogante.
Pensé en darle una lección que no olvidaría jamás.
Los sábados por la mañana, Joseph iba a la biblioteca a acaparar el mejor ordenador de la sección de Arquitectura y Ciencia, donde nunca había nadie. A sus padres les decía que iba a buscar información en Internet para hacer algún trabajo; en realidad, lo que hacía era abrir el Chat Terra y se ponía a hablar con desconocidos.
Ese día, le pregunté si podía acompañarlo. Utilicé la misma excusa que había usado él con sus padres: tenía que hacer un trabajo y no sabía dónde buscar la información. Y él se lo tragó. Me pasé varias veces por detrás de su silla y así leer en qué sala se había alojado. Y cuando estuve seguro de que estaba distraído, entré en la misma sala para abrir una conversación privada con él.
La llamé Jasmine porque sabía que Aladdin era su película favorita. A Jasmine le gustaba pintar su habitación de distintos tonos de rosa, los ponis de crin larga y ojos gigantes, y sumergirse en la bañera con olor a flores en el aire, ya que le hacía sentir mayor. Cómo no, Joseph se tragó todo el cuento de que yo era en realidad una niña irlandesa, sola y con ganas de hacer un amigo «de verdad». Él no tardó mucho tiempo en pedirle su cuenta de Messenger, pocos minutos después de que yo acabara de crearla. Así que seguimos hablando por ahí.
No sabía cuándo le iba a contar la verdad y reírme de él por haber sido tan ingenuo. «Podrás saber cómo abrir un sujetador, pero no sabes cuándo te la están colando, panoli», pensaba soltarle. Por el momento, me conformaba por verle tan desesperado por ligar con Jasmine y frustrado al ver que ella nunca se enteraba de ninguno de sus comentarios.
Joseph:
Pues tengo una Asociación para niños de Portview
Es la única que hay en toooooda la ciudad
Jasmine:
Qué interesante.
Joseph:
Sip! Aquí jugamos con todos los niños que vienen
Muchos padres trabajan por la tarde y no pueden ocuparse de eyos
Jasmine:
Ellos, Joshie, es con elle.
Y ¿a qué jugáis?
Joseph:
Vente un día y lo descubres
Y así veo lo guapa que eres
Jasmine:
Me encantaría, pero estás un poco lejos.
Joseph:
Bamos, Jas! Coje un avión y te recojo del aeropuerto
Jasmine:
Vamos es con uve, Joshie.
Y coger es con ge.
Joseph:
Argggg.
Llegó diciembre y era el momento de preparar el amigo invisible entre nuestros amigos. Me tocó Joseph y, aunque dudé si soltar la bomba o no, deseché la idea. Lo que tenía que hacer era guardarme la revelación para cuando llegara San Valentín y le pidiera a Jasmine que fuera «su novia». Ahí sí que el efecto sería total.
Sin embargo, ya que estaba, podía aprovecharme de esa fuente constante de información. La verdad era que no tenía ni idea de qué podía regalarle. ¿Un espejo que le dijera siempre lo guapo que era? ¿Un kit de manicura para llevarlo en el bolsillo? ¿Cinta americana para que se callase de una vez y pensara antes de decir estupideces? No tenía ni idea. Así que no podía dejar pasar la oportunidad de sacarle información sin que él se enterase de lo que yo tramaba.
Jasmine:
No sé qué le gusta a tu amigo, Joshie.
Pero si sois amigos, supongo que tendréis gustos parecidos.
¿A ti qué te gustaría que te regalasen?
Joseph:
Nada, cosas simples
Unas cuerdas
O barniz
O pintura de dedos! Eso molaría mil
O platos de plástico, cascabeles, cartones de huevos
No hace falta que se gaste mucho dinero
Jasmine:
¿Para qué quieres todo eso?
Joseph:
Quiero hacer un tayer de música con los más peques
Aquella respuesta me dejó frío. Tuve que forzarme a seguir escribiendo para que no se pensara que Jasmine se había desconectado.
Jasmine:
¿Por qué?
Joseph:
Unos niños se enteraron de que en mi cole hacíamos un tayer de instrumentos musicales
Y me dijeron que en su cole no acen esas cosas
Asique voy a enseñarles yo.
Parpadeé y releí su respuesta. Esto era… tan impropio de Joseph. Sí, le gustaban los niños que iban a su asociación, eso ya lo sabía. Pero no tenía ni idea que le importaran de verdad. Pensaba que sus padres abrieron la asociación para suplir las necesidades de su hijo de conocer más gente.
Quizás solo intentaba impresionar a Jasmine. No debía de darle mayor importancia. Así que «Jas» dijo lo que tenía que decir.
Jasmine:
Se escribe «taller», «hacen» y «así que».
Joseph:
Jopeee!!
Me reí frente a la pantalla. Vale, tenía que admitir que era adorable verlo tan frustrado por los errores de ortografía. Aquella era una de las facetas de Joseph que nunca había visto. Y, a través de Jasmine, descubrí que había mucho más de lo que parecía.
Al chico elegante y al que le encantaba combinar ropa que conocía en persona, se veía que también le gustaban las flores. Y cuanto más raras y más pétalos y colores tuvieran, mejor. Se pasaba horas mirando documentales, y a veces incluso se aventuraba en los montes a buscar las más interesantes. ¿Su flor favorita? La amarilis verde lima. Quién lo habría dicho.
Pero eso no era todo. Al parecer, Joseph tenía una habilidad sorprendente para crear collares, anillos y pendientes con cuentas de colores, para luego regalárselas a su madre y sus hermanas. «Pero no se las pueden enseñar a nadie, no quiero que mis amigos lo sepan».
Además, no le gustaba leer, pero sí los cómics de superhéroes. Y no se lo había dicho a nadie porque era de «frikis» y su reputación se vendría abajo si alguien descubría su colección de Superman.
Odiaba las películas de miedo. Solo las veía porque al resto de nosotros nos encantaban. Sin embargo, tenía un talento innato para saber cuándo aparecerían las peores escenas y se iba al baño o a coger más palomitas.
Joseph había creado su propio pequeño mundo de talentos ocultos y pasiones mudas. Detrás de esa portada de bravucón al que le gustaba hacer bromas pesadas y pasar el rato con sus amigos, se escondía un chico sensible y creativo. Y Jasmine había dejado de ser para mí una herramienta para dejarlo en evidencia, se convirtió en una ventana a ese mundo tan fascinante.
San Valentín llegó y pasó. Y no le dije la verdad.
Los años pasaron y continué con aquella farsa. Para cuando cumplí los quince, ya me había enamorado de aquel chico dulce y sensible. Me sentía como un actor en una obra de teatro interminable, donde el papel de Jasmine ya no era solo un instrumento para llegar a él. Era mi fantasía, mi disfraz, mi identidad secreta. Eran mis gafas de Clark Kent para acercarme a esa Lois Lane sin levantar sospechas.
Pero cada día era más difícil escapar de aquella trampa que me había tendido a mí mismo. Porque ya no solo lo conocía de forma virtual, sino también lo veía en la realidad. Y sentía cómo se me desgarraba algo por dentro cuando le escuchaba hablar de otras chicas, de lo que les hacía o de lo que quería hacerles. Sabía que yo jamás sería a quien tocara o invitara a bailar en la pista. Nunca me hablaría al oído mientras me acariciaba la pierna. No compartiríamos un beso bajo las sábanas, ni podría confesar que me moría por él.
Pensé en hablar con Luke de esto. Escribí varias cartas explicándole la situación imposible y lo mucho que me dolía no saber qué hacer. Le pedí consejo, llegué a exigirle que me enseñara la salida. Incluso llegué a estar frente al mostrador de la oficina de correos con un sobre de cuatro folios en los que había derramado todo mi dolor. Pero antes de pagar, imaginé la cara de horror que pondría al saber lo que había hecho. No querría saber nada más de mí. Y sus cartas eran el único respiro que tenía. Me permitían unas pocas horas al mes en el que me olvidaba de Jasmine, de nuestras conversaciones por Messenger y de que yo era un fraude como amigo y como persona.
La carta había terminado en uno de mis armarios, con marcas de mis dedos de releerla. Quizás para darme fuerzas para hacer lo que debería haber hecho desde el principio: decirle la verdad a Joseph y acabar con esta locura.
Al menos eso sí que había podido hacerlo. Le había dicho adiós a Joseph, de forma cobarde y sin explicación alguna, pero al menos él podría olvidarse de Jasmine, encontrar a una chica real que sea capaz de liberarlo de la coraza autoimpuesta y ser feliz.
Y yo solo tendría que vivir toda la vida sabiendo que jamás repararía lo que había roto.
Capítulo 3
…una maldición. O un conjuro que salió mal.
¿Tú sabes el frío que hace aquí?
Si tuviera cojones, se me habrían caído.
Carta de Luke a David.
Diciembre, 2002.
Cualquier otra persona con un coche decente y el depósito lleno, habría tardado doce horas hasta llegar a Escocia, pero yo nunca he caído en la curva de la normalidad. Así que en moto y sin prestar mucha atención al camino —me equivoqué de salida cuatro veces gracias a mi desmejorado sentido de la orientación—, tardo más de día y medio en llegar a la frontera. Sin embargo, así he tenido la oportunidad de acampar cerca de la carretera y perderme en el dolor del pecho. Es crudo, inclemente, lacerante y permanente, una herida que nunca llegaría a curar y que desborda lágrimas amargas que deshacen mis mejillas. Duele al respirar, al moverme, a seguir hacia delante. Apenas puedo beber agua o mordisquear los sándwiches que he hecho para el camino en el último momento. Existir me mata.
Igual es lo que me merezco después de todo lo que he hecho.
Mis recuerdos se desvanecen cuando dejo atrás la autopista y llego a una carretera secundaria. No me fío de mí mismo, me he perdido demasiadas veces en el camino, así que aparco en un arcén y reviso el mapa por si acaso me he vuelto a confundir con la salida. Sí, es este, Greenroad. Mi destino es un pueblecito con muchos más árboles que habitantes. De casas de piedra y techos oscuros, inclinados para que la nieve no se acumule entre las tejas. Las aceras irregulares están hechas con pedruscos de diferentes tonos de gris y marrón, pero el asfalto se alarga a lo largo de la carretera. Parece que el pueblito consiste en una calle principal y dos que interconectan con ella, como una cruz patriarcal hecha de gravilla y alquitrán. Y, a pesar del paisaje idílico y premedieval que se expande ante mí, hay una pequeña tienda de tatuajes justo en la calle central. Una anomalía que se repite en todos los pueblos de Reino Unido, sin importar cómo de aislado esté del resto del mundo.
Es tarde, pero no tanto como para que el sol se ponga en el horizonte; sin embargo, apenas hay gente paseando por el pueblo. De hecho, solo puedo ver dos personas. De repente, una de ellas, se planta frente a la carretera y agita ambos brazos como si fuera un águila que quiere despegarse del suelo y desaparecer en el cielo.
Solo verlo ahí mismo me afloja el nudo que tengo en el estómago. Solo un poco, la docena de garras que tengo en las entrañas relajan su agarre y siento que puedo expandir los pulmones por primera vez.
Luke no puede ser el único pelirrojo de toda Escocia, pero sí que debe ser el único escocés contento de ver una Chopper por su pueblo del siglo xvii. Al acercarme, compruebo que los pocos rasgos dulces y afilados que le quedaban han desaparecido por completo, reemplazadas por facciones fuertes y rudas. Lleva el pelo rapado en ambos lados de la cabeza y el peinado hacia atrás. Los hombros muy anchos y los brazos con los que pretende tomar vuelo tienen más músculos de los que creería posible. De hecho, la camisa a cuadros escoceses —cómo no— parece a punto de explotar con la fuerza de sus hombros. Y las piernas, hechas de la misma aleación de acero que sus brazos, están ocultas en vaqueros anchos y botas altas gruesas.
El chico que me saluda no se parece en nada al chico que tenía en mente cuando enviaba el reguero infinito de cartas. Excepto por una cosa.
Su sonrisa, cálida y genuina, es igual que la recordaba, pero mucho más radiante, segura, sólida. Podría iluminar el pueblo entero en la noche más oscura. Irradia confianza y tranquilidad en unos labios tan finos que podrían ser inexistentes. Una sonrisa que alivia el tormento que se arremolina en mis entrañas.
Cuando llego hasta él, parece tan emocionado que no me habría sorprendido que hubiera roto las ligaduras de la ley de la gravedad y empezara a surcar el cielo con la fuerza de sus brazos.
—Me has reconocido —susurra en cuanto apago el motor.
Ya no hace falta que fuerce la voz para que suene más grave, resuena profunda y natural de la garganta. Y sus ojos ambarinos brillan con una emoción que no sabría nombrar ni aunque me esforzara.
Quizás es que estoy muy cansado y las millas y el dolor han adormecido las pocas neuronas que aún me quedaban activas. Pero acepto el cambio como la chispa de un fuego recién encendido en una chimenea durante el más crudo invierno.
—No ha sido muy difícil —señalo el pueblo vacío. Espero que aparezca alguna planta voladora para intensificar el efecto que quiero dar, pero esto es Escocia y no el lejano Oeste—, ¿qué? ¿Has estado esperándome todo el tiempo en la orilla del pueblo?
—Pues sí, la verdad es que ha estado mirando la carretera toooodo el rato.
Hasta ahora no había visto el niño que se encuentra a su lado. Me llega a la altura del ombligo, su pelo castaño oscuro contrasta con los mechones de Luke, que son más de un rojo furioso. Y su expresión de permanente enfado y hostilidad, con una base de aburrimiento, es la otra cara de la moneda a la expresión de pura felicidad de Luke.
—De hecho, uno de los caballos casi le da una coz porque no estaba concentrado en el trabajo. —El niño continúa con sus quejas y supongo que debería escucharlo y no darle un par de libras para que se fuera a comprarse una bolsa de chucherías y nos deje en paz. No me gustan los críos, no sé tratar con ellos, y como he dicho, no sé si es más adecuado darles una galleta para que se callen o invitarles con mucha sutileza a que jueguen bien lejos—. Y es él quien me dice siempre que hay que estar tranquilo con los caballos.
—Este es mi primo, Tommy. —Luke le sacude el pelo, con un gesto que me parece algo más fuerte de lo necesario. Pero quizás es porque tiene las manos tan colosales como el resto del cuerpo, callosas y tan fuertes como los martillos de un escultor experimentado—. No le gustan mucho los caballos, así que estamos introduciéndole al negocio familiar. Y va a pasar unos días con nosotros así que tendrás que aguantar su actitud de viejo cascarrabias con un uñero torcido. He bajado a recogerlo para ir a la casa de mis abuelos.
—Y yo te he dicho que puedo ir andando yo solo. —El mohín en la boca es tan infantil que tengo que apretar los labios para no reírme. No creo que al pequeño cascarrabias de uñero torcido le guste ver que me río de él—. Lo he hecho desde que sé andar. Lo que pasa es que llevas unos días diciendo excusas tontas para bajar al pueblo y ver si llegaba. —Me señala con un dedo acusador y se vuelve hacia mí—. Nadie se da cuenta de que no soy un niño. Que tengo doce años, ¿sabes? No necesito un niñero.
—Ya veo. —Sonrío, algo incómodo, pero el nudo de mi estómago se afloja un poco más. Hay algo dulce en esa actitud tan gruñona, algo que me hace recordar a Alan en su casa, enfadado porque se le ha perdido el bus para ir a la universidad y ahora llega tarde a clase de física—. Gracias por la información.
—¡Y Luke me está agobiando un huevo! Nunca ha sido así, no sé qué le pasa. A lo mejor le ha dado un derrame cerebral. La abuela dice que eso es lo que le pasa a la gente que está…
—Sí, Tommy, lo que tú digas. —Luke le da unas cuantas palmadas en el pelo. Me encojo con cada golpe como si lo sintiera en la piel. No debe ser muy bueno para la salud que te caigan diez kilos de puro músculo encima, y mucho menos si todavía estás creciendo—. Y sabes que no nos gusta que subas a casa cuando se hace de noche, así que hablando de niñeros…
—¡Ni se te ocurra!
—No podemos dejar que Dave vaya solo al monte. Se perderá, Tommy, y tendremos que ir a buscarlo con un grupo de rescate y no sé si los vecinos tendrán linternas para todos. Así que iremos y nos tropezaremos en el mismo risco donde se encontrará Dave, con una contusión cerebral grave y entonces…
—Para —gruñimos Tommy, con paciencia negativa (sí, es clavadito a Alan) y yo, mucho más divertido. Casi quiero ver cómo terminará la película que se ha montado en la cabeza. Tommy continúa—: Ya lo he entendido. Vamos a buscar a Rudd y así tú puedes hablar con tu amigo del alma.
Luke me guiña el ojo, a lo que le devuelvo una sonrisa, y me hace un gesto para que le espere en el sitio y, mientras se lleva al niño a una de las casas de la derecha, yo aprovecho y me bajo de la moto. Estiro los músculos agarrotados y escondo un bostezo tras una palma.
Ahí mismo está la indefectible tienda de tatuajes. Siempre me ha fascinado ver cómo la aguja perfora la piel, ver cómo la herida derrama color en vez de sangre. Dolor que se transforma en arte en su forma más pura. Y el artista del pueblo parece muy bueno cuando veo las fotos de los intrincados tatuajes de ramas y flores que recorren una pierna peluda, los anillos tribales que se retuercen entre los pequeños dedos de una chica o la copia exacta de El Guernica que ha creado en la espalda de lo que parece un hombre muy grueso. Ya que me voy a quedar aquí unos días, podría pensar en algo que tatuarme en la piel. Una mirada azul con el brillo de la decepción pintada entre las grietas del iris, quizás.
«Da igual lo mucho que huyas de mí —susurra la voz del espectro en mi mente—. Nunca me iré del todo. Y el dolor tampoco. Jamás te dejaré en paz».
—Lo sé —le susurro al cristal y el vaho cubre mi reflejo—. Cuento con ello.

